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¿Hace falta parecerse para traducir?

Dar voz a un autor con justicia. En eso consiste la misión del traductor. Pero este trabajo de reproducción ¿supone una afinidad con el autor? En caso afirmativo, ¿hasta qué punto? El tema no es nuevo, pero recientemente ha dado un giro apasionado. Más allá de la polémica entre partidarios del universalismo y defensores de la diversidad, se plantea la compleja cuestión de la legitimidad de la traducción.
Agnieszka Ziemiszewska for the UNESCO Courier

Lori Saint-Martin
Profesora de estudios literarios en la Universidad de Quebec en Montreal, Lori Saint-Martin es ensayista, novelista, intérprete de conferencias y traductora literaria (de inglés y de español al francés). Acaba de publicar el libro Un bien nécessaire, éloge de la traduction littéraire (2022).

Encuentro de al menos dos lenguas y dos culturas, la traducción es inseparable de la diversidad y sigue siendo una experiencia profunda de alteridad, incluso cuando el autor traducido se parece a nosotros en el plano cultural. Muchos traductores, fascinados por un libro escrito por una persona de raza y cultura diferentes a la suya, han buscado un editor dispuesto a acoger las palabras de dicho autor en una lengua nueva. Y precisamente por esta razón, la polémica suscitada en 2021 por la traducción de un poema de Amanda Gorman, ofendió a muchos traductores.

Repasemos brevemente los hechos: en febrero de 2021 la editorial neerlandesa Meulenhoff anunció que había seleccionado a Marieke Lucas Rijneveld, una joven no binaria que acababa de ganar con su primera novela el Premio Internacional Booker, para traducir “The Hill We Climb” [La colina que subimos], el poema que Amanda Gorman leyó en la ceremonia de investidura del presidente estadounidense Joe Biden. Una periodista, Janice Deul, preguntó por qué la editorial no había escogido para la tarea a una mujer joven de raza negra y, poco después, Rijneveld anunció que renunciaba al proyecto, y, como consecuencia, numerosas figuras del mundo literario, escandalizadas, exigieron el derecho a traducir sin restricciones a personas que fueran diferentes de ellas.

Las protestas, previsibles y, en cierto sentido, comprensibles y poco matizadas, tuvieron la virtud de sofocar el debate en sus mismos inicios. Por lo que a mí respecta, creo que el asunto es muy complejo: ni la retórica de los derechos (“tengo el derecho de traducir a quien yo quiera”), ni las imposiciones identitarias (“únicamente una joven poeta negra debería traducir a su homóloga de la misma raza”) permiten formular una respuesta definitiva.

Plantear el interrogante “¿Quién debe traducir a quién?” es hacer política en detrimento de la literatura. Este argumento parece sugerir que el mundo de la traducción es -o más bien, era- perfectamente justo y armonioso, hasta que la loba de la diversidad entra en el gallinero. Pero esa idea es falsa: el universo de las editoriales, del que la traducción forma parte, está surcado por relaciones de dominio que el escándalo en torno a Amanda Gorman ha puesto de relieve: relaciones de género, de “raza” y de clase, así como vínculos geopolíticos.

Una diversidad engañosa

La abundancia de títulos traducidos en las secciones de “novedades” de las librerías nos da la falsa impresión de que podemos acceder a obras del mundo entero, cuando en realidad, si se observa atentamente, la “diversidad” mundial es más bien uniforme: algunas lenguas, unos pocos países y una élite internacional, es decir, las personas dominantes al fin y al cabo.  La historia de la traducción fue, hasta hace muy poco tiempo, la historia de hombres blancos privilegiados que se traducían entre sí o que eran traducidos por mujeres. 

La historia de la traducción fue, hasta hace poco, la historia de hombres blancos privilegiados que se traducían entre sí

Hoy como ayer, la traducción está presa en las redes de las relaciones de dominio entre el Norte y el Sur, entre las “razas”, lenguas y culturas hegemónicas y las que no lo son. Por lo general, las autoras extranjeras de otras razas que nos llegan traducidas forman parte de una élite mundializada que escribe en la lengua de una antigua potencia colonial (inglés, francés, español, portugués, neerlandés, italiano…) y publica en Nueva York, Londres o París. Por cada autora de la India traducida del hindi, el marathi o el malayalam, por ejemplo, hay docenas o incluso centenares de escritoras traducidas del inglés. Incluso en el seno de un grupo minoritario oprimido o marginado surgen jerarquías complejas. Aunque sufra de racismo en su país, una escritora negra estadounidense se beneficiará en el extranjero de la hegemonía que Estados Unidos ejerce en el mundo y tendrá más oportunidades de que su obra se traduzca y difunda en el mercado internacional que otra mujer negra que viva en África y que escriba, por ejemplo, en lengua wolof. Como ocurre con los bancos, para obtener un préstamo de capital cultural es preciso disponer ya de fondos.  

Aun cuando resulta difícil conseguir estadísticas generales, parece que a los hombres se les traduce más que a las mujeres. En el apogeo del boom latinoamericano, no se tradujo a casi ninguna escritora y así una generación de autoras importantes (Cristina Peri Rossi, Luisa Valenzuela, Elena Garro, Silvina Ocampo) quedó eclipsada. Entre 2011 y 2019, alrededor del 26% de los libros de ficción o de poesía traducidos en Estados Unidos eran obras de mujeres.  

En este punto me parece oír a los apóstoles de la “gran literatura universal” (concepto fabricado y mantenido por los grupos dominantes) proclamando que los mejores textos son los que deberían difundirse en todo el mundo. Pero, ¿quién decide en las editoriales los títulos que van a publicarse sino los miembros de los grupos dominantes? Un dato que los apóstoles de la libertad de los traductores se olvidan de mencionar es precisamente hasta qué punto el mundo de la traducción es un universo de personas blancas. En 2017, un estudio realizado en Estados Unidos por la asociación Authors Guild puso de manifiesto que, de los traductores activos, el 83%  eran blancos y solo el 1,5% eran negros o afroamericanos. 

Salir del círculo endogámico

La profesión debe abrirse, por tanto, a traductores nuevos y diversos, en lugar de seguir siendo un coto casi exclusivo de gente blanca. Se ha hablado mucho de la importancia que tiene para los grupos discriminados la existencia de modelos: si las personas “como tú” no han escrito nunca, te resultará difícil imaginar que un día puedas llegar a ser escritor. De igual modo, si la gran mayoría de los traductores son blancos y de clase media, ¿cómo podría alguien de otra raza o clase social contemplar la posibilidad de formar parte algún día de ese mundo?  

Dicho esto, las afinidades no siempre son identitarias: su origen puede estar en el estilo, el tema o la personalidad del autor. Otros puntos de encuentro profundos pueden crear la energía necesaria para la traducción. Uno de mis libros de ficción fue traducido al inglés por un quebequés mucho más joven que yo y al español por un argentino mayor que yo. Nunca se me ocurrió pensar que no eran aptos para hacerlo por el hecho de ser hombres o de tener otras características distintas de las mías.    

El novelista franco-congoleño Alain Mabanckou emplea una fórmula divertida para referirse a la elección de un traductor: “No me importa el color del gato, siempre que cace ratones”. Otros considerarán que los orígenes del gato son fundamentales, mientras escritores procedentes de grupos dominados o marginados prefieren ser traducidos por alguien que se les parezca y otros aceptan encantados la propuesta de una persona “no diversa”.   

En los próximos años veremos el surgimiento de traductores pertenecientes a grupos o estratos sociales minoritarios o marginados. Ese fenómeno ya comenzó hace tiempo. Pero como la competencia no deriva solamente de variables identitarias, habrá que evitar que esas personas queden limitadas a “su” grupo a menos que prefieran consagrarse a su estrato exclusivamente.

Por último, volvamos al affaire Amanda Gorman: sin querer afirmar que ninguna persona blanca hubiera podido traducirla bien, creo que, en este caso emblemático y de tanta notoriedad en los medios de comunicación, la elección de una joven traductora negra habría sido a la vez un magnífico gesto político y simbólico, y un ademán de apoyo a la diversidad.  

De modo más general, en aras de la igualdad social es importante traducir a personas menos privilegiadas y de orígenes más diversos, para lograr así que se escuchen otras voces, asfixiadas por una falsa mundialización que representa la cara apenas actualizada del colonialismo de antaño.

La traducción nos sacude, desplaza nuestro centro de gravedad y vulnera el pensamiento único

Traducimos (y leemos traducciones) para no encerrarnos en una endogamia intelectual de facto y violenta, generada por el ninguneo y la exclusión. La traducción nos sacude, nos recuerda que no somos el ombligo del mundo; la traducción desplaza nuestro centro de gravedad y vulnera el pensamiento único. En su mejor expresión, es la diversidad misma, el mundo, los mundos, al alcance de la mano.

Traducción, puente entre mundos
UNESCO
Abril - Junio 2022
UNESCO
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